-¿Pero dónde vamos? –Le pregunté con duda, mientras me dejaba arrastrar por la acera. –Dougie, luego no sabremos volver.
-Tampoco vamos a ir muy lejos. –Echó un vistazo atrás. –Pero tienes razón, ya nos estamos alejando demasiado.
-¿Entonces volvemos? –Un hilo de esperanza cruzó por mis ojos.
-No. –Él rió. -¿Tienes dinero?
-Apenas tengo para algún aperitivo para el almuerzo.
-Perfecto. –Volvió a cogerme de la mano, y súbitamente un cosquilleo me recorrió la tripa. –No tiene que haber una cafetería lejos, ¿no?
-¿Un Starbuck?
-No tiene porque ser Starbuck. No quiero arriesgarme a ir al otro quinto pino, conseguir la bebida y darme cuenta de que me he perdido. –Se paró enfrente de una verja, apoyándose en esta. -¿Te apetece tomar Starbuck?
-No, pero no está tan lejos. –Arrugó el ceño, a lo que contesté con mi mirada, señalando a unos metros de mi.
Las luces verdes del escudo resaltaban aún con la luz del día, de modo que le fue fácil. Jamás entendí a que se debía la mujer pintada en medio de este.
Noté como Dougie sonreía, y de nuevo con improvisto, salió disparado hacía el bar. Tuve que correr para alcanzarle.
No tardamos en llegar a su paso. Se paró enfrente del cristal, y sin cuidado, aplastó su cara en el. La nariz se volvió de cerdo, mientras sus pómulos escondían sus pequeños ojos, haciendo que quedaran solamente dos pequeñas rendijas azuladas. Su labio superior se estiró hacía arriba, haciendo que una perfecta hilera de dientes aparecieran.
Inevitablemente reí, pues pude ver como algunos clientes daban un pequeño brinco cuando lo observaban.
Y despegando su cara del cristal y dejando el rastro de su cuadro en el, entró al bar, mientras yo le pisaba los talones.
-¿Qué desea tomar? –Preguntó un hombre un hombre, aún con el acné de la pubertad y pequeñas gafas que menguaban sus ojos.
-Frappucinos de limón.
-Praline de avellanas. –Pedí, y antes de reemprendiéramos una conversación, ya estaban servidos. –Que rapidez.
-A estás horas, como todos los estudiantes están en clase no hay mucha clientela. –Pagó, seguida por mí, y salimos juntos del bar. –Cuéntame algo sobre ti.
-¿Algo sobre mí? –Reí, mientras ambos nos sentábamos en el bordillo de la acera. –Tampoco hay mucho de mi.
-Lo sé, pero yo solamente sé lo que Tom me ha llegado a contar. –En medio de un corto silencio donde solo se oían los sorbos de nuestras bebidas, rió. –Me acuerdo del día en que nos cruzamos por primera vez.
-Oh. –También lo hice. –Tus libros.
-Aquel día estaba muy cabreado. –Noté como se perdía en su propia mirada. –Aparte de que no soporté al Sr.Brandon, había discutido con Claire.
-¿Tu.. novia? –Vacilé antes de pronunciar el sustantivo, temiendo herir o provocar algún doloroso recuerdo. Él no pareció molestarse.
-Sí. Cortamos días después, y no lo pasé muy bien. Al igual que Holly, ambos acabábamos de terminar una relación y estábamos en contra del mundo entero.
-Es normal estar así. No es que entienda mucho de eso, pero he visto bastantes películas.
-¿No has salido jamás con nadie? –Parecía incrédulo.
-Sí, alguna vez que otra me he arriesgado para probar, pero no sentí nada serio, de modo que no acabé afectada.
-Considérate afortunada. No sabes de cualas te has librado por ahora. –Arrugó levemente el ceño. –Pero es que, las mujeres también sois muy celosas y no se os entiende.
-¿Por qué dices eso? –Di los últimos sorbos al Starbucks. Realmente se había consumido más rápido de lo que creía.
-Cuando estaba con Claire, solamente con hablar con una amiga por el ordenador le molestaba.
-Tal vez si la ignorabas..
-¡Pero ni siquiera la conozco! Y eran escasas las veces en las que..
Y como si mi pésima suerte quisiera cortar la conversación, su móvil sonó. Reconocí al grupo al instante; Blink 182.
-¿Mami? –Su voz pareció agudizarse más de lo normal, y sin evitarlo eché unas risitas al aire. Él pareció sonrojarse. –Estoy con la hermanastra de Tom dando una vuel… No, esta vez no hice nada. –Empecé a oír los gritos de la señora Poynter. -¿La señora Fletcher? –Me miró. Lo comprendí a la primera. –Está bien, ahora vamos.
-¿Les han llamado tan pronto? –Me levanté, y junto a sus pasos, comenzamos a caminar por el camino de regreso.
-Eve, ya es la hora del almuerzo. –Parecía nervioso. –Mamá está enfadada.
-Mami. –Imité su voz, conteniendo mi risa. Él me dio un leve empujón, quejándose. –Lo siento, pero me hizo gracia. No te imaginaba tan enmadrado.
-Todo el mundo se impresiona. –Cruzamos una manzana, y agudizando un poco el oído, escuchamos una aguda voz, gritando. –Es mi madre.
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