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viernes, 20 de abril de 2012

56.Rosas azules.




Cuando finalizaron las clases y volvimos mi madrastra, Tom y yo a casa, ni me molesté en esperar la llegada del cartero en mi habitación. Aguardé al timbre de la puerta en el recibidor, sentada sobre una silla bastante incómoda que simplemente estaba expuesta allí por decoración. La impaciencia me cautivó no muy tarde de cuando empecé a esperar, y pareció que no me ayudó a que el tiempo transcurriera de forma más deprisa.
De vez en cuando, Tom se pasaba por donde yo estaba para ver si llegaba. Al ver que no, regresaba a seguir tocando los acordes que inundaban toda la casa desde su habitación, con Marvin pisándole los talones.
Me exulté mientras el corazón me daba un revuelco cuando oí el timbre, que resonó más fuerte que nunca dentro de mis tímpanos. Me apresuré a abrir la puerta, y una vez más y tal como esperaba, el cartero con acné aguardaba en el umbral, sujetando esta vez una ramo de rosas… ¿azules?
Antes de que me entregara el pedido o de articular alguna palabra, se las arrebaté estupefacta de las manos. ¿Azules? Aquella era la primera vez que las había visto, y aseguro que son más impresionantes de lo que parecen.
Un suave resplandor parecía que salían de ella, y no me hizo falta palparlas para notar que eran de verdad. Desprendían un olor realmente agradable y apacible. Las hojas estaban tenuemente decoradas con gotas diminutas, que le daban un esplendor mayor del que ya poseían.
Pero aquella vez, las rosas nos venían solas. Enganchado con un cordoncito también azul, venía colgada una nota, manuscrita con una caligrafía no muy pulcra que digamos.
                 <<Me parece que este va a ser mi último pedido. Siento si te he puesto curiosidad por saber quien soy, pero me temo que no me desvelaré. Será lo mejor. Espero que estos ramos hayan sido de tu agrado.>>
Terminó con un denso pegote de tinta como punto final. Se notaba que había mantenido el bolígrafo suspendido allí durante varios segundos, dejando como rastro un gran borrón.
Noté como una vacío se formaba en mi pecho. No podía dejar escapar esta última oportunidad.
                -Y bueno, eché la firma aquí, como siempre y ya está. –Le obedecí, callada y con mi cara delatando mi situación. -¿Una mala noticia?
                -Ne… necesito saber quien me las mandaba. –Siseé volviendo a la realidad.
                -Lo siento, pero debo cumplir el deber. No puedo desvelar quien es.
                -Por favor, si pierdo esta oportunidad me quedaré sin saberlo. –Saqué de mi bolsillo del jean el billete que ya tenía preparado. Me iba a lucir, pero en aquella situación me daba igual. –Mire, ¿Verdad que está bien? Esto a cambio de que me diga quién es el emisor.
                -No conozco su nombre. –Dijo sin aportar mucha información, mientras aferraba con dos dedos el billete. No lo solté, necesitaba más. –Está bien. –Suspiró. –Me he fijado que todas las tardes, después de darme las flores para que se las entregue, camina un poco calle arriba hasta que llega al parque. –Señaló un poco más lejos, los diminutos columpios y árboles que se lograban diferenciar. –Creo que suele quedarse ahí. Solamente sé eso.
                -¿Y que aspecto tiene?
                -No lo sé, no me fijo mucho en mis clientes. Llegó a tener tantos al día que apenas me fijo en su rostro. –Finalmente, consiguió coger su billete de una vez.
No me detuve a poner el ramo a remojo. Corrí hasta dentro, depositándolo torpemente sobre la encimera y salí echa una bala de la casa. No pude ni siquiera alcanzar la manilla de la puerta para cerrarla, pero de eso ya se encargaría Tom. Pasando como una bala por delante del cartero, salí disparada calle arriba.
En varias ocasiones, debido a la gran velocidad a la que iba a mi falta de correr, había estado apunto de tropezar sobre mis mismas piernas y caer, pero de alguna forma logré mantener el equilibrio. Mi cuerpo se inclinaba peligrosamente hacía delante, arriesgándome de nuevo a ver mi cara caía violentamente sobre el asfalto, pero conseguí llegar hasta el parque.
Me paré allí, con los pies ya metidos en la arena mientras intentaba recuperar el aliento. El pecho me ardía de cansancio y notaba duros pinchazos en las costillas al respirar, pero me dio igual.
Desplacé por todo el casi desolado parque mi vista, intentando encontrar a alguien sospechosos. Madres, hijos, perros, más hijos, hasta que de pronto diferencié la espalda y cabello revuelto de una figura que no era similar a ninguna de aquel lugar.
Llevaba una camisa blanca, bastante nítida y el pelo le llegaba a rozar el cuello de esta. Parecía estar apoyado sobre sus propias piernas, y miraba a enfrente, sin proporcionarme una vista de su cara.
Un cosquilleo no muy desconocido para mí resurgió en mi estómago, y las mariposas que no solían despertar últimamente volvieron a resucitar. Aquel sentimiento volvía, y una vez más, sin conocer el rostro de esa persona que lograba despertarlas.
De alguna forma, supe que se trataba de él. El misterioso admirador que tenía, él que me había mandado en los pocos días tulipanes, orquídeas y rosas, preciosos ramos que no se encontraban expuestos en cualquier floristería.
Tragué saliva y de alguna forma, mis piernas comenzaron a acercarse a aquel banco, a su espalda. Seguía en el mismo ángulo, con la misma vista, y sin hacer mucho ruido. Cuando estuve lo suficiente cerca, supe que no estaba preparada para descubrirle. Pero era hoy o nunca. Ahora o jamás. Y tenía que tener agallas de hacerlo.
Mis piernas empezaron a caminar hasta el extremo del banco, sin despegar la vista de su nunca. Su cabello fue desapareciendo y su rostro, silueta de la nariz y labios resurgiendo, y entonces, pareció que en aquel momento mi estómago daba una fuerte explosión. Se me estrujaron los intestinos en cuanto descubrí sus ojos, fijados en los arbustos. Aquella mirada ya la había visto antes.
Mis hombros se crisparon en cuanto su mirada encontró la mía, junto a mi faceta boquiabierta y mi cara de asombro. No tardó en imitarla. Se levantó de golpe, fallándole un poco las piernas y con la vergüenza en la punta de la lengua. Un color rojizo no tardó en expandirse por toda su cara, pero sin afectarle a sus resaltantes ojos azules que no despegaba de los míos oscuros, tan abiertos como podía.
Harry Judd se mantenía a escasos metros de mí.

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