Cuando finalizaron las clases
y volvimos mi madrastra, Tom y yo a casa, ni me molesté en esperar la llegada
del cartero en mi habitación. Aguardé al timbre de la puerta en el recibidor,
sentada sobre una silla bastante incómoda que simplemente estaba expuesta allí
por decoración. La impaciencia me cautivó no muy tarde de cuando empecé a
esperar, y pareció que no me ayudó a que el tiempo transcurriera de forma más
deprisa.
De vez en cuando, Tom se
pasaba por donde yo estaba para ver si llegaba. Al ver que no, regresaba a
seguir tocando los acordes que inundaban toda la casa desde su habitación, con
Marvin pisándole los talones.
Me exulté mientras el corazón
me daba un revuelco cuando oí el timbre, que resonó más fuerte que nunca dentro
de mis tímpanos. Me apresuré a abrir la puerta, y una vez más y tal como
esperaba, el cartero con acné aguardaba en el umbral, sujetando esta vez una
ramo de rosas… ¿azules?
Antes de que me entregara el
pedido o de articular alguna palabra, se las arrebaté estupefacta de las manos.
¿Azules? Aquella era la primera vez que las había visto, y aseguro que son más
impresionantes de lo que parecen.
Un suave resplandor parecía
que salían de ella, y no me hizo falta palparlas para notar que eran de verdad.
Desprendían un olor realmente agradable y apacible. Las hojas estaban
tenuemente decoradas con gotas diminutas, que le daban un esplendor mayor del
que ya poseían.
Pero aquella vez, las rosas
nos venían solas. Enganchado con un cordoncito también azul, venía colgada una
nota, manuscrita con una caligrafía no muy pulcra que digamos.
<<Me parece que este va a ser mi
último pedido. Siento si te he puesto curiosidad por saber quien soy, pero me
temo que no me desvelaré. Será lo mejor. Espero que estos ramos hayan sido de
tu agrado.>>
Terminó con un denso pegote
de tinta como punto final. Se notaba que había mantenido el bolígrafo
suspendido allí durante varios segundos, dejando como rastro un gran borrón.
Noté como una vacío se
formaba en mi pecho. No podía dejar escapar esta última oportunidad.
-Y bueno, eché la firma aquí, como siempre y ya está.
–Le obedecí, callada y con mi cara delatando mi situación. -¿Una mala noticia?
-Ne… necesito saber quien me las mandaba. –Siseé
volviendo a la realidad.
-Lo siento, pero debo cumplir el deber. No puedo
desvelar quien es.
-Por favor, si pierdo esta oportunidad me quedaré sin
saberlo. –Saqué de mi bolsillo del jean el billete que ya tenía preparado. Me
iba a lucir, pero en aquella situación me daba igual. –Mire, ¿Verdad que está
bien? Esto a cambio de que me diga quién es el emisor.
-No conozco su nombre. –Dijo sin aportar mucha
información, mientras aferraba con dos dedos el billete. No lo solté,
necesitaba más. –Está bien. –Suspiró. –Me he fijado que todas las tardes,
después de darme las flores para que se las entregue, camina un poco calle
arriba hasta que llega al parque. –Señaló un poco más lejos, los diminutos
columpios y árboles que se lograban diferenciar. –Creo que suele quedarse ahí.
Solamente sé eso.
-¿Y que aspecto tiene?
-¿Y que aspecto tiene?
-No lo sé, no me fijo mucho en mis clientes. Llegó a
tener tantos al día que apenas me fijo en su rostro. –Finalmente, consiguió coger su billete de una vez.
No me detuve a poner el ramo
a remojo. Corrí hasta dentro, depositándolo torpemente sobre la encimera y salí
echa una bala de la casa. No pude ni siquiera alcanzar la manilla de la puerta
para cerrarla, pero de eso ya se encargaría Tom. Pasando como una bala por
delante del cartero, salí disparada calle arriba.
En varias ocasiones, debido a
la gran velocidad a la que iba a mi falta de correr, había estado apunto de
tropezar sobre mis mismas piernas y caer, pero de alguna forma logré mantener
el equilibrio. Mi cuerpo se inclinaba peligrosamente hacía delante,
arriesgándome de nuevo a ver mi cara caía violentamente sobre el asfalto, pero
conseguí llegar hasta el parque.
Me paré allí, con los pies ya
metidos en la arena mientras intentaba recuperar el aliento. El pecho me ardía
de cansancio y notaba duros pinchazos en las costillas al respirar, pero me dio
igual.
Desplacé por todo el casi
desolado parque mi vista, intentando encontrar a alguien sospechosos. Madres,
hijos, perros, más hijos, hasta que de pronto diferencié la espalda y cabello
revuelto de una figura que no era similar a ninguna de aquel lugar.
Llevaba una camisa blanca, bastante
nítida y el pelo le llegaba a rozar el cuello de esta. Parecía estar apoyado
sobre sus propias piernas, y miraba a enfrente, sin proporcionarme una vista de
su cara.
Un cosquilleo no muy
desconocido para mí resurgió en mi estómago, y las mariposas que no solían
despertar últimamente volvieron a resucitar. Aquel sentimiento volvía, y una
vez más, sin conocer el rostro de esa persona que lograba despertarlas.
De alguna forma, supe que se
trataba de él. El misterioso admirador que tenía, él que me había mandado en
los pocos días tulipanes, orquídeas y rosas, preciosos ramos que no se
encontraban expuestos en cualquier floristería.
Tragué saliva y de alguna
forma, mis piernas comenzaron a acercarse a aquel banco, a su espalda. Seguía
en el mismo ángulo, con la misma vista, y sin hacer mucho ruido. Cuando estuve
lo suficiente cerca, supe que no estaba preparada para descubrirle. Pero era
hoy o nunca. Ahora o jamás. Y tenía que tener agallas de hacerlo.
Mis piernas empezaron a
caminar hasta el extremo del banco, sin despegar la vista de su nunca. Su
cabello fue desapareciendo y su rostro, silueta de la nariz y labios
resurgiendo, y entonces, pareció que en aquel momento mi estómago daba una
fuerte explosión. Se me estrujaron los intestinos en cuanto descubrí sus ojos,
fijados en los arbustos. Aquella mirada ya la había visto antes.
Mis hombros se crisparon en
cuanto su mirada encontró la mía, junto a mi faceta boquiabierta y mi cara de
asombro. No tardó en imitarla. Se levantó de golpe, fallándole un poco las
piernas y con la vergüenza en la punta de la lengua. Un color rojizo no tardó
en expandirse por toda su cara, pero sin afectarle a sus resaltantes ojos
azules que no despegaba de los míos oscuros, tan abiertos como podía.
Harry Judd se mantenía a
escasos metros de mí.
OMG! lo sabía!!!! :O estoy...wow!!
ResponderEliminarjajajaaj CHAN CHAN! :)
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