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sábado, 9 de junio de 2012

75. Impasible al amor






La agazapada silueta de una adolescente abrió la verja y se adentró dentro del pequeño jardín, echando un vistazo por el rabillo del ojo al buzón donde descansaba escrito Poynter.   
Sonrió disimuladamente, entre la sombría sombra que le proyectaba la capucha, la cual tapaba sus ojos de la vista de los demás. Vestía Converse negras totalmente desgastadas, con los cordones rotos y pequeños costados abiertos por los lados. Unos vaqueros azules, desgarrados permitían a las pequeñas gotas de lluvia colarse por su rodilla, helando sus delgadas piernas y erizando el resto del cuerpo.
Durante el trayecto chapoteó un charco de barro formado en el jardín, pero pasó indiferente y no frenó su velocidad hasta que llegó al umbral de la puerta.
        Respiró profundamente, preparándose para sus palabras mientras se quitaba la capucha y llamó una sola vez al timbre. El sonido de este retumbó como el eco por toda la casa, pero no solo llegó a percibir eso; una floja risa carcajeó no muy lejos de la puerta.
Segundos después, se oyeron los cerrojos abandonando sus posiciones, y segundos después la puerta de abrió completamente. Dougie, con cabellos revueltos y sonrisa pícara en los labios, detalló la imagen de la chica que había llamado al timbre. Esta sonrió, hasta que de repente, entre el delgado cuerpo del bajista, apareció una chica más diminuta que él. Sus cabellos eran rubios, llegados hasta los hombros y con bucles. Una sonrisa sin agujeros se asomó tímidamente, pero la chica de Converse no disminuyó su sentimiento. Sabía perfectamente quien era aquella chica.
        -¿Brooke? –Preguntó Dougie mientras fruncí el ceño -. ¿Ya les toca la hora de la comida a las lagartijas?
        -Sí –Musitó esta, entrando sin permiso en la casa y empujando desapercibidamente a la chica, quien sofocó un gañido –Siento interrumpir –Mintió.
        -Oh, no –Murmuró el bajista quien se volvía hacía las dos mujeres tan distintas –Brooke, te presento a Amy Gunn.
        -Sí, la conozco –Dijo de forma tosca -. ¿Eres una de las amiguitas que va con Anne Grint?
        -Sí –Pronunció débilmente pero sin retirar una petrificante mirada a la chica de jirones -. Es una de mis mejores amigas.
        -Se nota –Murmuró para sus adentros, pero perfectamente la rubia la escuchó -. Tengo amigas que tienen una relación muy abierta con ella. Se odian, o mejor dicho la odian.
        -No tendrían porque hacerlo.
        -Las entiendo. Diferenciamos virus en cuanto los captamos –Charqueó con una sonrisa burlona -.
        -Está bien –Las interrumpió Dougie, mientras su aspecto se volvía adusto -. Amy, creo que será mejor vernos en otro momento -Fulminó con una pícara mirada a la castaña.
Con un último adiós hacía su amigo, la chica se dirigió hacía la puerta principal y abandonó la casa, con un golpe seco de la puerta que dejó un sepulcral silencio entre ambos individuos que permanecieron dentro del hogar. Se rehuían la mirada, hasta que el bajista la posó firmemente en ella. Holly intentó disimular, pero no lo logró por mucho tiempo. Tras unos segundos de incomodidad, suspiró y batalló a los ojos azules que la miraban con alegría.
        -Que bien habéis congeniado tú y Amy –Comentó asintiendo -. Estoy segura que tras lo ocurrido comenzará una grandísima amistad.
        -Oh, cállate –Le pidió Holly con una carcajada -.Sabes que no me cae bien la gente como esa chica.
        -Apuesto a que ese no ha sido el único motivo por el que le has hablado con tantísima amabilidad –Se atrevió a decir mientras enarcaba una ceja -. ¿Me equivoco?
        -¿Qué te hace pensar eso? –Preguntó con osadía la castaña. Se mantenía impasible y con una sonrisa torva dibujada al rostro.
        -Oh, nada –Se apresuró a decir Dougie, mientras le daba la espada -. ¿Vamos a alimentar a las pequeñas?
El bajista dirigió el paseo hacía el garaje, donde las jaulas de las lagartijas descansaban bajo una bombilla expuesta especialmente para ellas. Sacó con ayuda de Holly la comida, y juntos empezaron a llenar sus cuencos. Pero el rubio no dejó abarcado el tema anterior.
        -¿Qué tal tu vida amorosa, Holly? –Le preguntó con malicia -. ¿Sigues sin encontrar a nadie?
        -No hay nadie que se ajuste a mis requisitos –Se apresuró a defenderse       .
        -¿Seguro que es ese el motivo? –La furtiva mirada de la chica se giró rápidamente para amenazarle, pero este huyó de sus ojos -. Nunca has tenido mucha suerte respecto a los hombres.
        -No soy tan desagradable por naturaleza, cerebro de mosquito –Dijo de forma vil -. Enamorarse es el peor sentimiento: sufres por algo que sabes que acabará. Rehúyo de ese sentimiento, y mi carácter indiferente y violento me ayudan.
        -A mi no me sirve el aspecto ese de chica mala –Dejó descansar la bolsa de comida y se giró para observarla –. Te conozco lo suficiente bien para saber que por dentro eres tan sensible como una flor. Puedo cazarte en cuanto te descuides y yo pretenda. No escapas de mí.       
        -¿Qué te hace estar tan seguro? –Contrarrestó Holly girándose hacía él, desafiante -. No creas que dominarme es tan fácil. Puedo conti…
Pero sus frases no lograron terminar. Dougie, con un ligero movimiento durante su descuido, cerró el camino de las palabras con un tierno, rápido pero eficaz beso a la chica que la inmutó al segundo. El medio segundo que duró tal beso, la tez de la chica se volvió pálida y observaba al bajista, pero con la mirada perdida. Este sonrió cerca de su rostro, y sin temor a ser rechazado, agarró firmemente de la cintura a su amiga y la volvió a besar, pero más desenfrenadamente que antes.
        Holly sintió el impulso de apartarle de un golpe y de controlar la situación. Su orgullo por su firmeza de sentimientos era respetable para ella, y no quería echar a perder tal reputación delante de él por un simple beso. Pero incluso ella no podía negar que llevaba demasiado tiempo anhelando el tacto de aquello delgados y rosados labios, de los sentimientos de explosión que le conllevaban en aquel momento y de la seguridad que le llegaba a ceder.
        Y con total seguridad de que era lo que quería, la chica se aferró firmemente al cuello del bajista. El besó se intensificó, entrelazando las deseosas lenguas hasta que segundos después, se separaron lentamente, dejando una añoranza entre sus labios.
        El colorete de la chica había saltado y sus mejillas rosadas delataban su timidez.
        -¿Por qué...? –Se aventuró a preguntar, pero su voz se quebró. Sus sentimientos estaban peligrosamente confusos.
        -Hace tiempo ya que quería besarte –Confesó Dougie, huyendo esta vez él de su mirada. Se apoyó sobre la lóbrega pared mientras se encogía de hombros -. No se si hago bien.   
        -Me ha gustado –Declaró Holly, impresionando a su amigo.
        -¡Vaya! ¿Acabas de expresar tus sentimientos?
        -No confundas. No he declarado nada –Intervino Holly con dureza y serena mirada -, solamente he admitido.
        -¿Me quieres? –Preguntó con osadía Dougie, separándose de la pared con adustez.
        -En ningún momen…
        -¿Me quieres? –Volvió a interrumpirle él, siguiendo a los pasos que se alejaban de él.
        -Doug, estate quieto. Yo…
        -¿Lo haces?
        -¿Y tú a mí? –Preguntó con voz firme e impetuosa. Los ojos del bajista analizaron varios segundos los suyos, confirmando su respuesta mientras brillaban con un extraño esplendor.
        -Yo sí. Te quiero.
Aquellas últimas palabras fueron suficiente para que Holly ahogara un grito de alegría mientras sonreía. Este le devolvió la sonrisa, confuso pero feliz, y antes de emitir ninguna pregunta más, Holly se echó a sus brazos, eludiendo su vergüenza y sumergiéndose en un profundo beso.

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