La
agazapada silueta de una adolescente abrió la verja y se adentró dentro del
pequeño jardín, echando un vistazo por el rabillo del ojo al buzón donde
descansaba escrito Poynter.
Sonrió disimuladamente, entre la sombría sombra que le
proyectaba la capucha, la cual tapaba sus ojos de la vista de los demás. Vestía
Converse negras totalmente desgastadas, con los cordones rotos y pequeños
costados abiertos por los lados. Unos vaqueros azules, desgarrados permitían a
las pequeñas gotas de lluvia colarse por su rodilla, helando sus delgadas
piernas y erizando el resto del cuerpo.
Durante el trayecto chapoteó un charco de barro
formado en el jardín, pero pasó indiferente y no frenó su velocidad hasta que
llegó al umbral de la puerta.
Respiró profundamente, preparándose para
sus palabras mientras se quitaba la capucha y llamó una sola vez al timbre. El
sonido de este retumbó como el eco por toda la casa, pero no solo llegó a
percibir eso; una floja risa carcajeó no muy lejos de la puerta.
Segundos
después, se oyeron los cerrojos abandonando sus posiciones, y segundos después
la puerta de abrió completamente. Dougie, con cabellos revueltos y sonrisa
pícara en los labios, detalló la imagen de la chica que había llamado al
timbre. Esta sonrió, hasta que de repente, entre el delgado cuerpo del bajista,
apareció una chica más diminuta que él. Sus cabellos eran rubios, llegados
hasta los hombros y con bucles. Una sonrisa sin agujeros se asomó tímidamente,
pero la chica de Converse no disminuyó su sentimiento. Sabía perfectamente
quien era aquella chica.
-¿Brooke? –Preguntó Dougie mientras
fruncí el ceño -. ¿Ya les toca la hora de la comida a las lagartijas?
-Sí –Musitó esta, entrando sin permiso
en la casa y empujando desapercibidamente a la chica, quien sofocó un gañido
–Siento interrumpir –Mintió.
-Oh, no –Murmuró el bajista quien se
volvía hacía las dos mujeres tan distintas –Brooke, te presento a Amy Gunn.
-Sí, la conozco –Dijo de forma tosca -.
¿Eres una de las amiguitas que va con Anne Grint?
-Sí –Pronunció débilmente pero sin
retirar una petrificante mirada a la chica de jirones -. Es una de mis mejores
amigas.
-Se nota –Murmuró para sus adentros,
pero perfectamente la rubia la escuchó -. Tengo amigas que tienen una relación
muy abierta con ella. Se odian, o mejor dicho la odian.
-No tendrían porque hacerlo.
-Las entiendo. Diferenciamos virus en
cuanto los captamos –Charqueó con una sonrisa burlona -.
-Está bien –Las interrumpió Dougie,
mientras su aspecto se volvía adusto -. Amy, creo que será mejor vernos en otro
momento -Fulminó con una pícara mirada a la castaña.
Con
un último adiós hacía su amigo, la chica se dirigió hacía la puerta principal y
abandonó la casa, con un golpe seco de la puerta que dejó un sepulcral silencio
entre ambos individuos que permanecieron dentro del hogar. Se rehuían la
mirada, hasta que el bajista la posó firmemente en ella. Holly intentó
disimular, pero no lo logró por mucho tiempo. Tras unos segundos de
incomodidad, suspiró y batalló a los ojos azules que la miraban con alegría.
-Que bien habéis congeniado tú y Amy
–Comentó asintiendo -. Estoy segura que tras lo ocurrido comenzará una
grandísima amistad.
-Oh, cállate –Le pidió Holly con una
carcajada -.Sabes que no me cae bien la gente como esa chica.
-Apuesto a que ese no ha sido el único
motivo por el que le has hablado con tantísima amabilidad –Se atrevió a decir
mientras enarcaba una ceja -. ¿Me equivoco?
-¿Qué te hace pensar eso? –Preguntó con
osadía la castaña. Se mantenía impasible y con una sonrisa torva dibujada al
rostro.
-Oh, nada –Se apresuró a decir Dougie,
mientras le daba la espada -. ¿Vamos a alimentar a las pequeñas?
El
bajista dirigió el paseo hacía el garaje, donde las jaulas de las lagartijas
descansaban bajo una bombilla expuesta especialmente para ellas. Sacó con ayuda
de Holly la comida, y juntos empezaron a llenar sus cuencos. Pero el rubio no
dejó abarcado el tema anterior.
-¿Qué tal tu vida amorosa, Holly? –Le
preguntó con malicia -. ¿Sigues sin encontrar a nadie?
-No hay nadie que se ajuste a mis requisitos
–Se apresuró a defenderse .
-¿Seguro que es ese el motivo? –La
furtiva mirada de la chica se giró rápidamente para amenazarle, pero este huyó
de sus ojos -. Nunca has tenido mucha suerte respecto a los hombres.
-No soy tan desagradable por naturaleza,
cerebro de mosquito –Dijo de forma vil -. Enamorarse es el peor sentimiento:
sufres por algo que sabes que acabará. Rehúyo de ese sentimiento, y mi carácter
indiferente y violento me ayudan.
-A mi no me sirve el aspecto ese de
chica mala –Dejó descansar la bolsa de comida y se giró para observarla –. Te
conozco lo suficiente bien para saber que por dentro eres tan sensible como una
flor. Puedo cazarte en cuanto te descuides y yo pretenda. No escapas de mí.
-¿Qué te hace estar tan seguro?
–Contrarrestó Holly girándose hacía él, desafiante -. No creas que dominarme es
tan fácil. Puedo conti…
Pero
sus frases no lograron terminar. Dougie, con un ligero movimiento durante su
descuido, cerró el camino de las palabras con un tierno, rápido pero eficaz
beso a la chica que la inmutó al segundo. El medio segundo que duró tal beso,
la tez de la chica se volvió pálida y observaba al bajista, pero con la mirada
perdida. Este sonrió cerca de su rostro, y sin temor a ser rechazado, agarró
firmemente de la cintura a su amiga y la volvió a besar, pero más
desenfrenadamente que antes.
Holly sintió el impulso de apartarle de
un golpe y de controlar la situación. Su orgullo por su firmeza de sentimientos
era respetable para ella, y no quería echar a perder tal reputación delante de
él por un simple beso. Pero incluso ella no podía negar que llevaba demasiado
tiempo anhelando el tacto de aquello delgados y rosados labios, de los
sentimientos de explosión que le conllevaban en aquel momento y de la seguridad
que le llegaba a ceder.
Y con total seguridad de que era lo que
quería, la chica se aferró firmemente al cuello del bajista. El besó se
intensificó, entrelazando las deseosas lenguas hasta que segundos después, se
separaron lentamente, dejando una añoranza entre sus labios.
El colorete de la chica había saltado y
sus mejillas rosadas delataban su timidez.
-¿Por qué...? –Se aventuró a preguntar,
pero su voz se quebró. Sus sentimientos estaban peligrosamente confusos.
-Hace tiempo ya que quería besarte
–Confesó Dougie, huyendo esta vez él de su mirada. Se apoyó sobre la lóbrega
pared mientras se encogía de hombros -. No se si hago bien.
-Me ha gustado –Declaró Holly,
impresionando a su amigo.
-¡Vaya! ¿Acabas de expresar tus
sentimientos?
-No confundas. No he declarado nada
–Intervino Holly con dureza y serena mirada -, solamente he admitido.
-¿Me quieres? –Preguntó con osadía
Dougie, separándose de la pared con adustez.
-En ningún momen…
-¿Me quieres? –Volvió a interrumpirle
él, siguiendo a los pasos que se alejaban de él.
-Doug, estate quieto. Yo…
-¿Lo haces?
-¿Y tú a mí? –Preguntó con voz firme e
impetuosa. Los ojos del bajista analizaron varios segundos los suyos,
confirmando su respuesta mientras brillaban con un extraño esplendor.
-Yo sí. Te quiero.
Aquellas
últimas palabras fueron suficiente para que Holly ahogara un grito de alegría
mientras sonreía. Este le devolvió la sonrisa, confuso pero feliz, y antes de
emitir ninguna pregunta más, Holly se echó a sus brazos, eludiendo su vergüenza
y sumergiéndose en un profundo beso.
la besoooo :'3
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