16
de Septiembre
Aquel
vuelo hacía Inglaterra me mantuvo mareada y un nudo en el estómago. No había
tenido la suerte de sentarme junto a Alex, quien se había colocado unas cinco
filas más adelante que yo. Me había mantenido recta en el asiento, soportando
los ronquidos de mi acompañante que rondaba la tercera edad, y con un ajetreo
en la cabeza. ¿Cómo me iba a presentar yo a Tom? Y sobre todo, ¿qué haría yo en
un concierto de mis amigos, después de medio año sin verles?
Mis ganas por volver a estar con todos
ellos aumento desconsideradamente. Quería volver a notar la seguridad que
emitía mi hermanastro, el confort de mi mejor amiga, Brooke, y sobre todo,
quería poder decirle todo lo que sentía a aquella especial persona que me había
prometido que cuando volviera, estaría esperándome. Y yo tenía la esperanza y
confianza de que Harry había cumplido su promesa.
Cuando regresé a España me había
mantenido serena y melancólica, pero en aquel viaje de vuelta a la inglesa
ciudad de Londres, mi mareo amenazaba mi reputación dentro de aquel avión y el
prejuicio de que moriría durante el viaje me confundió.
Pero, tal como había calculado mi amigo,
después de unas largas e interminables tres horas en las que observé con sumo
detalle el anochecer, el frío me avisó de mi llegada a la isla inglesa, de la
espesa niebla que se había formado en tierra firme y de que, cuando el avión
comenzó a descender, de que por fin había llegado al país que tanto amaba.
Bajé tambaleante del avión, y junto al
emocionado Alex que repasaba su inglés, fuimos a recuperar nuestra maleta.
Mientras intentaba despejarme, respirando profundo y comprándome una pequeña
botella de agua en una maquina atestada de cola de gente, Alex se encargó de
alquilar un coche donde pudiéramos desplazarnos.
-¿Sabrás llegar? –Le pregunté mientras
corríamos para huir de la lluvia y a guardar las maletas en el maletero -.
Londres es más grande que Valencia y…
-No te preocupes, me he aprendido el
camino –Me guiñó un ojo mientras subía con rapidez mi maleta -. Amo la lluvia
–Comentó extendiendo los brazos mientras dejaba que las gotas de lluvia se
resbalaran por su suave tez.
Sonreí mientras dejaba que yo también me
mojara. La ropa se pegó a mi cuerpo y la piel se me erizó cuando noté el frío.
Corrí para robarle las llaves a mi amigo, y entre escalofríos, entré en el
coche. De nuevo y como tan familiarizadamente me había acostumbrado, el volante
estaba en la parte del copiloto.
Alex, por su parte, pareció que no iba a
acostumbrarse con facilidad. Confirmando que nuestras entradas estaban secas y
en su sitio, arrancó el coche y comenzamos nuestro trayecto al pabellón donde
tocaban los chicos, mientras las tenues farolas de las caches amplias y húmedas
comenzaban a pasar por nuestro lado. Por fin estaba cómoda, por fin estaba en
Londres.
Mi estómago estaba hecho un mar de
emociones. Terror, emoción, alegría, vergüenza, incredulidad… y todo por la
alegría de volver a ver a los chicos. ¿Pero y si no tenía la suerte de que me
vieran, ni al principio ni al final del concierto? Y la otra cuestión que me
comía por dentro era como confesarle a Alex que sus ídolos, Danny, Harry, Tom y
Dougie eran en realidad los personajes de aquella anécdota mía que le había
contado
«No se enfadará. Al fin y al cabo,
gracias a mi les conocerá» Me convencí mientras comenzaba a morderme las uñas.
Llevábamos minutos largos dentro del coche, y un gran griterío de voces había
comenzado a invadir las calles tranquilas y mojadas de la ciudad. Las casas
similares e iguales que estaban más próximas al bullicio tenía las luces
encendidas, y los gritos comenzaron a difundirse con la entrecortada
respiración de mi amigo.
-¿Estás bien? –Le dije con una sonrisa.
-Estoy muy nervioso. Es mi primer
concierto, por fin les veré, por fin podré escucharles en directo… Tal vez
suene extraño al no ser una típica Mcflyer chica alocada, sino lo contrario,
¡soy hombre! –Carcajeó -. Pero es que no tengo que ser mujer para ser fan. Son
músicos, hacen música y ese debe de ser el motivo por el que la gente viene a
su concierto.
Le sonreí con cariño mientras guardaba
silencio. Una vez más, dirigí mi mirada hacía el exterior, y al girar una
esquina bañada tenuemente por una farola que fallaba constantemente, una gran
fila de fans que gritaba, descansaba en el suelo o simplemente saltaba se formó
delante nuestra. Boquiabiertos, aparcamos junto a los demás coches, y bajamos
del coche, compartiendo paraguas. Nos dirigimos apegados al final de la cola,
mientras notaba el terror y tristeza en el rostro de Alex. No iba a poder estar
en primera fila, no iba a estar tan cerca de ellos, y yo le entendía.
-Sabía que habría gente, pero esto es
una locura –Me dijo en español, y algunas fans rubias e inglesas claramente se
giraron para vernos con extrañeza -. Me parece que la opción de verlos empieza
a fallar.
-No te preocupes –Le apoyé mientras le
sacaba del final de la fila, estirándole por la manga para no mojarme y
avanzábamos al lado de las fans -. No es la primera situación similar con la
que me encuentro. He ido a conciertos de Sum 41, Simple Plan, Green Day… y las
colas son iguales o peores –Le detuve, apegados a unas fans que intentaban ver
a través de las cristalinas ventanas. No se había percatado de nuestra
presencia, y solamente veintena de personas más nos adelantaban en la fila.
-Se van a dar cuenta –Me dijo con miedo
mientras los guardias comenzaba a sacar las telas aislantes -. Nos van a enviar
a último lugar.
-No te preocupes, no vamos a estar los
últimos, confía en mi y disimula –Le obligué a que desviara la vista del
guardia que empezaba a aislarnos en una cola apegada y me giré hacia las chicas
que miraban a través de la ventana -. ¡Perdonad! –Grité en inglés, y se giraron
confusas a verme -. ¿Les veis? ¿Están ya dentro? ¡Es mi primer concierto de
ellos!
-Creo que aún no están dentro –Comentó
la rubia más bajita, sonriendo a Alex, exultante -. No se les ha oído ni visto
en ningún momento, ¡ni siquiera se ha oído la batería de Harry!
Mi corazón me dio un revuelvo y me
imaginé por centésima vez al batería. ¿Habría cambiado? Sabía que habían pasado
solamente seis meses, pero viendo a Alex y a mí, nuestro look había dado un
cambiado.
Las cintas nos apretujaron junto a las
inglesas, y con una sonrisa exultante, Alex me observó agradecido. Miraba
emocionado a todos lugares, resguardándonos con su paraguas, hasta que de
pronto, unos chillidos a nuestro alrededor nos sobresaltaron.
-¡Son ellos! –Gritó alguna de las fans,
y instantáneamente, las cabezas se giraron a un mismo lugar.
Incrédula
y boquiabierta, observé entre las cabezas las figuras que saludaban con una
mano y corrían hacía las puertas principales. Noté como me apretujaban y
empujaban, pero mis ojos no se apartaron de la primera cabellera que reconocí.
Un cabello rubio castaño, de punta y
desigualado pasó rápidamente hacía dentro del pabellón. Tenía una pequeña
sonrisa dibujada en el rostro, y sus ojos estaban achinados, saludando con una
mano hacía nosotros. Gritó algo, pero solamente se escuchó alguna palabra
inaudible para mis oídos, con una aguda voz que me hizo confirmar quién era.
Dougie entraba corriendo al pabellón.
Con una sonrisa imborrable, miré
radiante a Alex. Este estaba boquiabierto, incrédulo y con los ojos más
abiertos que nunca. Pero otro gritito más fuerte que el anterior hizo que mis
ojos se desviaran de nuevo hacía el pequeño camino que daba paso a la entrada.
Alguien se detuvo enfrente de las
primeras fans y estiró los brazos. Gritó con voz ronca y balanceó su cuerpo,
aumentando el griterío emocionado. Un pelo castaño y rizado, enmarañado y acompañado
de unos grandes ojos entraron seguidamente al pabellón. Danny había destrozado
mis tímpanos.
Acompañando a este, le seguía una
cabellera rubia, revuelta y claramente igual a cuando me fui. Tom le seguía,
sonriendo y distinguiendo su hoyuelo a distancia. Saludo con una mano, sonrió a
sus fans, y fue tirando hacía dentro por el pecoso.
Y por último, y como un rayo, pasó la
distinguida cresta de Harry. Mi corazón se paró, y sin poder evitarlo, comencé
a gritar su nombre con exultante alegría. Noté la mirada confusa de Alex, pero
pasé de ella. Callé al darme cuenta de que mi voz se había mezclado con las
demás, que me superaban en gritos, y me puse de puntillas para observarle
mejor. Estiraba una mano, despidiéndose con una sonrisa. Mis ojos buscaron los
suyos, pero no se encontraron.
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