Los densos pero flojos rayos de sol que se colaban por el encapotado cielo lleno de nubes me dio en los ojos. Los entrecerré para observar con claridad, y tal como me había dicho segundos atrás mi hermanastro, la esbelta figura del batería estaba sentado en el escalón, cerca de la puerta.
Suspiré abatida y caminé hacía donde se encontraba él. Al acercarme, hundió su rostro en sus brazos cruzados, los cuales estaban apoyados firmemente sobre sus rodillas flexionadas. Me sorprendí. Jamás me hubiera imaginado a Harry así, tan mohíno.
En silencio, me senté a su lado derecho mientras cruzaba mis piernas. Miré melancólicamente a la desolada carretera, lo que me entristeció aún más.
Me mantuve unos minutos más en silencio, observando mi quieto y tranquilo jardín, que parecía ocultarse entre la sombría casa, deprimiéndome aún más. Mantuve el aliento todo aquel tiempo, apreciando la entre cortada respiración de Harry. A medida que pasaba el tiempo, pareció calmarse.
Tomé las riendas, pensé en mis palabras y entre la incomodidad, impotencia y el sollozo que pedía escapar de mis entrañas, le hablé:
-Ha… Harry. Lo siento mucho –Mi voz se quebró. Intenté decir algo más, pero mis palabras solamente lograron oírse como sollozos.
No contestó enseguida. Aparté la mirada de él mientras observaba mis desgastadas Victorias rojas, asimilando que no pretendía hablarme en toda la tarde, pero a pesar de que hubiera estado en silencio, tomaría la decisión de quedarme a su lado todo el lado. Pero no. Finalmente, su espalda se irguió y por fin volvió a aparecer su hermoso rostro… totalmente rojo, incluido los ojos, los cuales centellaban vidriosos.
Sus ojos evitaron los míos.
-No tienes que disculparte. Sé que tal vez te veas en la obligación de regresar, o simplemente quieras alejarte por un tiempo de todas estas confusiones y ajetreos, y lo entiendo. Yo…
-Harry, ahora es cuando menos quiero irme –Vociferé con dureza -. Pero mi madre quiere que vuelta, y ella, al igual que yo, es muy sensible. Si le dijera que no… no sé que haría Samantha.
-Lo comprendo. Mi madre es igual –Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios, mientras sus ojos brillaban intensamente, reflejados por los débiles rayos de sol -. Yo no pinto nada ahí. Supongo que tendremos que pasar un verano sin ti –Por fin, sus ojos ladearon y se encontraron con los míos.
-Regresaré en Septiembre, lo antes posible y para empezar las clases –Balbuceé.
-Medio año… -Dijo con incalculable melancolía -. El próximo año ya ninguno estaremos en la universidad. Este año estábamos para que Dougie terminase. Cuando ya tengo 18, no tendrá que ir y nos pondremos duros con el grupo – Se encogió de hombros -. Me hubiera gustado tenerte en alguna clase.
-¿Y por qué tú, Tom y Danny todavía permanecíais allí?
-Para estar con Dougie, hasta que terminase –Carcajeó -. ¿Te imaginas a caso al pequeñajo de por allí? No. Tom y yo pedimos permanecer un año más, y Danny se quedó su último año.
-Me alegro de que ocurriera así. Tal vez, si no hubierais permanecido en la universidad, no tendríamos tan buena… amistad –Me costó decir la última palabra, y la pronuncié con infinito dolor.
-No haberte conocido ni enamorarme de ti habría sido lo que peor me hubiera ocurrido –Una tímida sonrisa volvió a aparecer, mientras desviaba un segundo la mirada de mí, avergonzado. Sonreí roja como un tomate mientras la temperatura me subía.
Nos quedamos así, mirándonos fijamente como unos tontos observando un monumento admirable. Hubiera deseado erguirme de valor, acercarme y besarle aunque fuera un último beso, pero sabía perfectamente de que aquella acción empeoraría las cosas. Mi confusión, supuesta decisión, sus sentimientos y los míos… todo. Además, empezar algo que iba a terminar en un par de días no era la mejor decisión.
Me mordí el labio y resistí la tentación.
-Cuando estaba hablando por teléfono con mi madre, llegaste a casa –Él asintió -. ¿Por qué? ¿Habías quedado con Tom?
-No. Dejé a Brooke y Danny solos en el parque que está un poco más arriba… -El estómago se me encogió. Recordaba aquel parque a la perfección. Fue cuando me enteré de que Harry era quien me había mandado las rosas azules y fue donde me di mi primer beso con él -. y vine. No me preguntes por qué.
-Harry… -Balbuceé con miedo mientras rehuí de su mirada. Me sentía demasiado desmadejada como para contemplar la verdad en aquellos océanos azules -. Tú… ayer me dijiste que esperarías lo que hiciese falta hasta mi decisión.
-Sí, así es –Frunció el entrecejo. Sus ojos lograron encontrarme y lo miré con temor -. ¿Y?
-Cuando… cuando vuelva de España habrá pasado medio año. Yo… -Intenté decir, pero no lograba explicarme. Mi pecho comenzó a sollozar, atemorizada -. Me preguntaba si cuando vuelvas aún existirá… tal promesa… -Cerré los ojos con fuerza, reteniendo las lágrimas mientras mis manos se entumecían.
Su respuesta parecía haberse retardado mil años, mi organismo comenzaba a agitarse y la verdad empezaba a formarse en su mente. Hasta que por fin, su voz sonó clara y firme.
-Oh, pues claro que sí. Sabes lo que siento por ti, y sé que cuando regreses aún estaré con la demora –De pronto, noté sus brazos rodearme por la espalda, abrazándose, y algo húmedo cayó sobre mi cabello -. Evelyn, te quiero, y no sabes lo difícil que es admitir que… te vas. Tengo miedo de que te acomodes en España y no quieras volver, que no pueda volverte a ver, ni abrazarte, ni… besarte –Su voz sonaba entrecortada y su pecho vibraba. Un gran abismo se formó en mi interior -. No puedo con esa verdad.
Me separó poco a poco de mí varios palmos, y con una mano levantó mi barbilla. Me encontré contemplándole un poco más debajo de su rostro, mientras sus ojos parecían brillar más que el mar en un atardecer de verano. Sus rostro era aliciente, siempre lograba serlo, pero aquel momento era mágico, y de nuevo, el impulso desenfrenado de besarle apareció. Me logré sacar fuerza y me controlé, mordiéndome el labio mientras que mis lágrimas pedían aflorar de nuevo.
De pronto, noté de nuevo su mano agarrar mi mentón. Mi respiración se entrecortó, mis músculos dejaron de responderme y mis ojos brillaron con recelo, suspicacia y miedo. Pero sobre todo con recelo, pues le pedía a gritos que hiciera aquello que yo me negaba a hacer. Si lo hacía él, me resultaría imposible negarme a besarle.
Acarició de nuevo el mentón, mientras me miraba con infinito cariño. Sonrió melancólicamente, y pareció adivinar mis motivos de no besarle, pues su mano se apartó de mí y levantó la vista.
Me quedé observando su pecho, triste, resentida pero lo entendía. Yo misma había actuado y pensado de la misma forma.
-Me gustaría hacerte otro regalo antes de tu marcha –Susurró mientras se separaba de mí con una sonrisa -. Ven, no está muy lejos de aquí –me dijo con confianza, mientras se levantaba con rapidez me tendía una mano.
No dudé. La agarré con firmeza y dejé que me llevara donde fuera.
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