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domingo, 22 de julio de 2012

101. Sin orgullo





La fiesta resultó ser un exitazo para los demás, pero por el contrario, Alex y yo estuvimos esperando la hora de finalización para marcharnos. Al parecer y según me había contado mi amigo, él estaba encantado con el país, sus ídolos y sus nuevos amigos. Pero sentía un extraño vacío de incomodidad en el pecho, el mismo que yo había sentido mis primeros días en Cambridge y Harrow. Y solamente podía llenarlo la confianza que lograra hacer con los ingleses.
        Finalmente, la fiesta tocó a su fin y la casa de Katherine se fue vaciando poco a poco. Tom fue uno de los que más tardó en marcharse. Había decidido estar un poco más en la casa, junto a Danny, Brooke, Cole, Katherine y mi favorita pareja de Harry y Jessica. Mientras tanto, le había pedido a Alex mantenernos fuera, alejados del grupo. Él exigió una explicación para estar ausente, y sin resistencia, le conté lo ocurrido con Harry.
        Y cuando el fanático de Star Wars decidió que era hora de marcharse, a paso ligero caminé hasta su mini, evitando la mirada de Harry que sospechaba, estaba clavada en mi nuca.
        El día siguiente me lo pasé en reposo, de nuevo bajo el dolor de cabeza. Había estado todo el día durmiendo, encerrada en mi habitación y dejando solamente que entrara Debbie y Tom. Mi padre solamente lograba enfurecerme cuando estaba enferma, por lo que decidí que era mejor no verme ni hablarle aquel día.
        Y al siguiente, un nuevo día de clases agotadoras me esperaba. Había logrado adaptarme a las clases como la última vez, había logrado soportar a Jessica sentada en la misma mesa, a Stela también, pero no había logrado que Lily me cayera muy bien. Simplemente la ignoraba, al igual que ella a mí. Brooke y yo solíamos intercambiar comentarios hostiles sobre ellas dos en la única clase que compartíamos, biología, pero manteníamos a Jessica a raya. Sabíamos que odiarla más solamente iba a empeorar las cosas, de modo que nos sellábamos los labios cuando el impulso de sacarle defectos quería salir.
        -¿Piensas volver a dirigirle la palabra a Harry? –Me preguntó aquel día mientras cruzábamos ya los desiertos pasillos con taquillas azules para salir del edificio.
        -¿Tengo que pedir disculpas yo? –Susurré arrogante. Sabía que su indiferencia hacía mí había sido a causa de mi reproche, pero mi orgullo había regresado conmigo de España -. Soy demasiado orgullo...
        -Acabarás rindiéndote.
        -¿Por qué lo dices?
        -Cosas del amor, Eve –Dijo mientras bajábamos lentamente las grandes escaleras para llegar al vestíbulo -. El amor supera al orgullo, supera al prejuicio y a todo. A no ser, claro, de que hayas vuelto a equivocarte con tus sentimientos como en Dougie.
        -Lo de Dougie fue diferente, muy diferente –Dije adusta -. Puede que tengas razón, también me conozco, pero…
        -¡Sh! –Me chistó para que me callara, y sus ojos verdes-castaños me atravesaron con advertencia.
Fruncí el ceño, observándola y volví mi cabeza hacía el otro extremo de la sala. Mi corazón se relajó cuando vi aparecer de otro pasillo a dos figuras, caminando con elegancia mientras reían por lo bajo. Llily y Jessica. Volví a mirar a la rubia, pero esta tenía la mirada clavada en la puerta principal, abierta y dejando que algunos rayos solares que se filtraban por las nubes iluminaran su rostro. Supe que no me había mandado callarme por las chicas, y siguiendo su mirada, mi corazón superó el nerviosismo anterior.
        Harry Judd esperaba, apoyado sobre la pared de al lado de la puerta, a alguna persona. A Jessica, supe, aunque su mirada observaba con atención el suelo, el cual brillaba nítido y seguramente hacía reflejar su imagen turbia. Suspiré, intentando relajarme para pasar indiferente hacía él.
        En aquel momento y con un chillido que reconocía ocasionalmente, Jessica le llamó. Él levantó su cabeza, viendo acercarse a su novia a paso ligero, pero su cabeza ladeó un momento y nos observó, a Brooke y a mí, acercándose a la puerta.
        Para mi mala suerte, Jessica llegó hacía él antes que yo, e inevitablemente presencié un beso y la escena que iban a presenciar.
        -¡Harry! ¡Qué sorpresa que estés aquí! Nunca vienes a recogerme, ¿cómo es que…?
        -He venido a hablar con el profesor Collins sobre unos temas del año pasado –Dijo. Solamente cinco metros, y dejaría de ver esto, me dije -. Tendremos que vernos después.
        -¿El profesor Collins? –La morena frunció el ceño -. Pero me lo he encontrado por los pasillos y ya se iba. ¿Estás seguro? –Él asintió, sereno –Si quieres puedo ir a buscarle en un momento, y me llevas a casa.
        -No, no te molestes, Jessi –En aquel momento, Brooke y yo pasamos por su lado. Dije a adiós a Jessica, únicamente, mientras que mi amiga se despidió colectivamente -. Brooke, espera.
        Mierda, fue lo único que logré pensar.
        -El año pasado te presté unas… -Empezó a decir como si yo no estuviera allí, y aparté mi mirada, resentida.
        En aquel momento, de nuevo el chillido agudo hizo que los tres nos giráramos, sobre saltados.
        -¡Señor Collins! –Gritó Jessica.
        El anciano profesor de música apareció bajando las escaleras. Una sonrisa curva desveló de nuevo inocencia y sus pasos, lentos pero como si siguiera el ritmo de una canción, se acercaron a nosotros.
        -¿Qué ocurre, muchachos? –Su cabello rizado y blanco bailó cuando se giró para observar a Harry -. ¡Vaya, señor Judd, que sorpresa verle aquí!
        -Se… señor Collins –Habló. Pero sus ojos nos examinaron a Jessica y Lily, y a mí y Brooke. Entendimos que quería privacidad.
        -Te espero en el coche, Harry –Dijo Jessica mientras le robaba las llaves del bolsillo del pantalón. Su figura esbelta, seguida de su fiel corderito Lily, abandonaron el edificio brincando.
        -Ya hablaremos en otra ocasión, Harry –Decidió Brooke, y dando media vuelta, nos alejamos de nuevo a la puerta.
        -Espera –Nos paró de pronto el batería, y su voz sonó desesperada. Me giré, al igual que mi amiga, pero mi corazón dio un revuelco cuando vi que sus ojos solamente me observaban a mí. Los apartó rápidamente y se dirigió hacía el profesor de música: -Me alegro de verle, señor.
        El profesor Collins pareció sorprenderse tanto como nosotras, y con un asentimiento de cabeza y una sonrisa divertida, se despidió agradablemente de nosotros.
        Silencio. Un incómodo silencio se formó, yo cabizbaja, intentando disimular mi mirada y pidiendo a gritos irme ya. Brooke, seguramente observándonos a nosotros dos, pues notaba su mirada en mí. Y Harry… ¿cómo lo iba a saber?
        -Espero fuera –Dijo de pronto Brooke. Di un respingo, sorprendida por su respuesta. ¿Qué hacía? Era Harry quién quería hablar con ella. Pero una mirada suya de reojo me advirtió de lo contrario.
        -¿Por qué? –Pensé, pero no lo llegué a pronunciar en voz alta.
Sorprendida y aún sin entender nada, levanté la cabeza y miré a Harry. Este vio alejarse a la rubia, mientras cerraba a medias la gran puerta, hasta que finalmente, sus ojos volvieron a encontrarme.
        -Lo siento –Fue lo primero que dije a la defensiva cuando sus ojos se posaron en mí. Lo pronuncié sin pensar, sin orgullo, simplemente se libró de mi orgullo y lo solté. Harry embozó una sonrisa.
        -Yo también quería pedirte perdón. –Miró a su alrededor, sin nadie, pero de repente, dio media vuelta y se alejó un poco de la puerta. Le seguí sin permiso; hice bien. –Yo… no pude terminar la conversación en casa de Katherine. Supongo que me sorprendí tanto por tu respuesta que…
        -Te enfadaste –Él asintió, y vi el arrepentimiento en sus ojos -. No te preocupes. ¿Qué quieres?
        -No lo sé –Dijo secamente. Sus ojos estaban mirándome, pero aún así, estaban perdidos -. Supongo que no me quedé satisfecho con el pasado, sino que quiero el presente –Sus ojos me volvieron a encontrar, y como agujas, me penetraron -. ¿Qué sientes por mí en estos momentos?
        Harry frunció ceño, preparado por si mi respuesta era un no. Pero de nuevo, me veía incapaz de mentirle. No podía decirle tampoco que sí, no podía por Jessica, por mucha rabia y celos que le tuviese. De modo que, soportando el dolor de mi pecho, dije:
        -¿Qué sientes tú por mí?
Sus ojos me analizaron tenuemente, tal vez temiendo también su respuesta.
        -Te quiero.

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