El
cumpleaños de Katherine era tal como me había imaginado. Vivía en una casa
espaciosa pero no muy grande. En el salón, junto al los grandes altavoces, un
gran y espléndido piano de cola destacaba entre todas las cosas. Muchos cuadros
estaban colgados en las paredes verdes chillón, y una gran chimenea de
ladrillos daba un toque más altivo a la casa.
Era poca la gente a la que había
invitado. Había amigos, caras conocidas y desconocidos. Pero no superaría los
más de treinta o cuarenta invitados, que rondaban de allí para allá, saliendo
del salón al jardín y del jardín al salón. La música no estaba ni muy alta ni
muy baja. Danny recurrió a subir el volumen en un despiste de la pelirroja,
pero pronto esta se dio cuenta y lo volvió a bajar. En su casa había que
respetar las reglas de sus padres.
Mi querida amiga hacía ya sus diez y
nueve años. La veía igual que año anterior, tal vez un poco más alta, más
formada y con su rostro más alargado, mostrando su madurez, pero seguía igual
físicamente y psicológicamente.
Tal como esperé, ya todos mis amigos
deambulaban de allí para allá, con una e incluso dos copas en las manos. Danny
se mantenía apegado a Brooke, al igual que Holly a Dougie, Tom a Giovanna,
Katherine a Cole… busqué a Jessica con la mirada y la encontré junto al
portátil, buscando música mientras movía su cabeza, apreciando la música.
Solamente al verla supe que el alcohol ya le había subido a la cabeza. Ladeé la
cabeza para buscar a su pareja, quien entraba en aquel momento por la puerta.
Nuestra mirada se encontró, deteniéndolo, pero la aparté rápidamente. Una vez
más, negué a mi destrozado corazón gritar su nombre plagado de amor.
Anduve hasta la barra con aflicción, la
mirada perdida en mis zapatos y la mente sumergida en un océano sin fondo,
plagado de pensamientos y recuerdos que nadaban en él. El dolor de cabeza
desapareció, a pesar del griterío y la música, y evoqué todo lo que había
vivido desde que me mudé a Harrow. Sonreí, triste y feliz, mientras me servía
yo misma vodka sobre mi copa. No me gustaba beber, en absoluto, pero tener
aquellos dolorosos pensamientos todos los días a todas horas no iba a ser bueno
para mi salud.
Me giré frente al público, quien
bailaba, andaba y salía al exterior. Todos estaban acompañados, excepto yo,
quién se mantenía apartada, observando a todos aquellos dichosos felices y
preguntándome que, si hubiera actuado de otra forma en el pasado, si ahora
aquello sería diferente.
Localicé
el castaño cabello de Logan no muy lejos de mí, quien baila animadamente junto
a una chica más bajita que él, de cabello castaño tirando a rubio y de facetas en
el rostro que demostraban que aún no había acabado de formarse. Tal vez tuviera
quince o diez y seis años, pero a ambos se les veía felices de estar bailando
juntos.
Suspiré, negándome a ver a aquella
colecta de seres felices y acompañados y caminé hasta la cocina. Botellas y
paquetes de cartón con zumo descansaban en la encimera, inutilizados, junto a
trozos de comida mordidos que había sido rechazados por sus dueños. Agarré otro
de pizza medio comido y lo observé con melancolía. Hasta aquel trozo de pizza
había estado unida a sus compañeras.
Lo arrojé con exactitud a la basura,
casi llena y me recosté en la encima. Bebí forzadamente varios tragos, mientras
fruncía el ceño y cerraba los ojos. Sabía como olvidar, sabía cuanto tenía que
beber para olvidar por unas horas lo que ocurría a mi alrededor y a mi corazón.
Unos pasos retumbando como tambores en
la sala alentaron a mis oídos, los cuales obligaron a abrir mis ojos con fuerza
mientras miraba a la puerta. Me atraganté con la bebida, comenzando a toser
mientras notaba que me faltaba el aire.
-Como sigas bebiendo así acabarás
borracha. No pareces muy familiarizada con la bebida.
Le
miré con suspicacia mientras bajaba mi vaso. Sus ojos azules, tan conocidos
para mí parecían felices, soportando la firmeza de los míos castaños que
buscaban una trampa en ellos.
-¿Qué haces aquí? –Pregunté impasible.
Quería apartármelo de la mente, no que viniera más y más.
-¿No puedo entrar en la cocina?
–Carcajeó. Avanzó varios pasos, pero se detuvo, borrando la sonrisa de su
rostro -. He venido a verte. Se te veía muy… solitaria.
-Todos están con sus parejas. No puedo
interferir –Rodé los ojos, sarcástica -. Además, no es problema.
Harry dejó escapar un leve suspiro
cargado de remordimientos, y con un suave empujón, cerró la puerta de la
cocina, la única que permitía la salida de aquella sala. Bajé de nuevo mi vaso,
confusa y mirándolo con advertencia, pero parecía ignorar mis ojos. Se acercó varios
pasos, pero justo cuando fui a preguntarle que hacía, se me adelantó:
-Sigo sintiéndome horriblemente culpable
por lo de Jessica… -Su voz sonó débil, sus muecas se aflojaron pero su lento
paso no frenó -. Sé que lo entiendes y pareces asimilarlo con tanta libertad,
pero no me quedo tranquilo.
-Si ambas personas se aman, no se puede
evitar. Es cosa del destino –Pronuncié con aspereza.
-¿Crees en el destino? –Su voz sonó
divertida, pero su cara no dijo lo mismo.
-No, sinceramente no. Tu destino lo haces
tu en el momento con sus decisiones. No existe la unión de caminos, o por lo
menos, no para mí.
Sonrió,
sin dar su opinión, y paró a escasos metros de mí. Su mirada parecía perdida,
pensativa, y un silencio nos inundó.
-Intento ignorar este tema, pero tengo
demasiada curiosidad –Dijo de pronto, mirándome adusto. Le mantuve la mirada
con firmeza, incitándolo a proseguir -. Te… te fuiste sin decir tu respuesta.
Te fuiste sin que yo supiera que sentías por mí, y sé que es tarde, pero quiero
saber cual hubiera sido tu respuesta, Evelyn.
-Eve –Le corregí, mirando a la batidora
que había cerca de él. Resoplé, reticente, pero con una sonrisa añorada, dije:
-. El mismo día en que me fui ya sabía mi contestación. Días anteriores ya
sabía lo que sentía por ti, Harry, sabía cual sería mi respuesta. Y no ha
cambiado en todo este tiempo –Levanté mi mirada para verle. Sus ojos me
miraban, suplicantes de respuesta -. Piensa. En aquella despedida, no te
hubiera besado para hacerte daño si mi respuesta hubiera sido que no.
-¿Entonces…? –Su voz se quebró. Tragó
saliva mientras respiraba con falsa tranquilidad -. ¿Era… que sí?
-Te quería, sí, y lo sabía.
-¿Me querías? ¿Ya no?
Mantuve
mi mirada feroz con él. Estaba haciéndole decir más de lo que quería, desvelar
incluso sentimientos que quería negarle. Sí, podría decirle que no le amaba ya,
que seguramente sería una mentirosa por venir con esa segura respuesta, ¿pero
quién era yo para mentir de que no le amaba?
No contesté.
-Te.. ¡tenías que haberme dicho esto
aquel día! Llevo seis largos meses esperando oír eso, y justamente ahora…
-¿De que hubiera servido? ¿De qué
estuviéramos ambos, medio año sin vernos, añorándonos y pasándolo mal? Quería
que fueras libre de hacer lo que quisieras, sin tener que prometer nada, y lo
has hecho. ¿De qué hubiera cambiado, además?
-No sé Evelyn –Dijo con sarcasmo. Se
acercó un poco más a mí, exasperado por la impotencia -. Tal vez tu y yo
estaríamos juntos, tal vez por fin podríamos habernos librados de dudas. ¡Tal
vez ahora estaría sacándote a bailar!
-Pero tu me querías, o.. ¿Ya no?
–Murmuré enfurecida, con voz impertinente e imitándolo.
En
aquel momento, mi corazón volvió a removerse cuando comprobé, que, como si
hubiera sido magia, estaba más cerca de lo que creía. No nos rozábamos,
nuestros cuerpos estaban separados por aire, pero nuestras caras, incitantes,
ardían de rabia.. ¿o impotencia?
Negó con lentitud la cabeza, mientras se
separaba de mi, avanzando de espaldas hacía la puerta. Sus ojos estaban
furiosos, dolidos, y no respondió a mi pregunta, como hice yo. Con una última
mirada penetrante, giró sobre sus talones y me dio la espalda. Pero antes de
llegar a la puerta, antes de abrirla, resentido, exclamé:
-¿A caso he sido yo la que ha roto su
promesa de que siempre te esperaría?
Su
figura esbelta se detuvo, rozando la manivela. Su respiración se detuvo, al
igual que sus pies, impactados. Con un arrepentimiento, comprendí que me había
largado de la lengua.
0 comentarios:
Publicar un comentario