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miércoles, 18 de julio de 2012

99. Rompiste tu promesa





El cumpleaños de Katherine era tal como me había imaginado. Vivía en una casa espaciosa pero no muy grande. En el salón, junto al los grandes altavoces, un gran y espléndido piano de cola destacaba entre todas las cosas. Muchos cuadros estaban colgados en las paredes verdes chillón, y una gran chimenea de ladrillos daba un toque más altivo a la casa.
        Era poca la gente a la que había invitado. Había amigos, caras conocidas y desconocidos. Pero no superaría los más de treinta o cuarenta invitados, que rondaban de allí para allá, saliendo del salón al jardín y del jardín al salón. La música no estaba ni muy alta ni muy baja. Danny recurrió a subir el volumen en un despiste de la pelirroja, pero pronto esta se dio cuenta y lo volvió a bajar. En su casa había que respetar las reglas de sus padres.
        Mi querida amiga hacía ya sus diez y nueve años. La veía igual que año anterior, tal vez un poco más alta, más formada y con su rostro más alargado, mostrando su madurez, pero seguía igual físicamente y psicológicamente.
        Tal como esperé, ya todos mis amigos deambulaban de allí para allá, con una e incluso dos copas en las manos. Danny se mantenía apegado a Brooke, al igual que Holly a Dougie, Tom a Giovanna, Katherine a Cole… busqué a Jessica con la mirada y la encontré junto al portátil, buscando música mientras movía su cabeza, apreciando la música. Solamente al verla supe que el alcohol ya le había subido a la cabeza. Ladeé la cabeza para buscar a su pareja, quien entraba en aquel momento por la puerta. Nuestra mirada se encontró, deteniéndolo, pero la aparté rápidamente. Una vez más, negué a mi destrozado corazón gritar su nombre plagado de amor.
        Anduve hasta la barra con aflicción, la mirada perdida en mis zapatos y la mente sumergida en un océano sin fondo, plagado de pensamientos y recuerdos que nadaban en él. El dolor de cabeza desapareció, a pesar del griterío y la música, y evoqué todo lo que había vivido desde que me mudé a Harrow. Sonreí, triste y feliz, mientras me servía yo misma vodka sobre mi copa. No me gustaba beber, en absoluto, pero tener aquellos dolorosos pensamientos todos los días a todas horas no iba a ser bueno para mi salud.
        Me giré frente al público, quien bailaba, andaba y salía al exterior. Todos estaban acompañados, excepto yo, quién se mantenía apartada, observando a todos aquellos dichosos felices y preguntándome que, si hubiera actuado de otra forma en el pasado, si ahora aquello sería diferente.              
Localicé el castaño cabello de Logan no muy lejos de mí, quien baila animadamente junto a una chica más bajita que él, de cabello castaño tirando a rubio y de facetas en el rostro que demostraban que aún no había acabado de formarse. Tal vez tuviera quince o diez y seis años, pero a ambos se les veía felices de estar bailando juntos.
        Suspiré, negándome a ver a aquella colecta de seres felices y acompañados y caminé hasta la cocina. Botellas y paquetes de cartón con zumo descansaban en la encimera, inutilizados, junto a trozos de comida mordidos que había sido rechazados por sus dueños. Agarré otro de pizza medio comido y lo observé con melancolía. Hasta aquel trozo de pizza había estado unida a sus compañeras.
        Lo arrojé con exactitud a la basura, casi llena y me recosté en la encima. Bebí forzadamente varios tragos, mientras fruncía el ceño y cerraba los ojos. Sabía como olvidar, sabía cuanto tenía que beber para olvidar por unas horas lo que ocurría a mi alrededor y a mi corazón.
        Unos pasos retumbando como tambores en la sala alentaron a mis oídos, los cuales obligaron a abrir mis ojos con fuerza mientras miraba a la puerta. Me atraganté con la bebida, comenzando a toser mientras notaba que me faltaba el aire.
        -Como sigas bebiendo así acabarás borracha. No pareces muy familiarizada con la bebida.
Le miré con suspicacia mientras bajaba mi vaso. Sus ojos azules, tan conocidos para mí parecían felices, soportando la firmeza de los míos castaños que buscaban una trampa en ellos.
        -¿Qué haces aquí? –Pregunté impasible. Quería apartármelo de la mente, no que viniera más y más.
        -¿No puedo entrar en la cocina? –Carcajeó. Avanzó varios pasos, pero se detuvo, borrando la sonrisa de su rostro -. He venido a verte. Se te veía muy… solitaria.
        -Todos están con sus parejas. No puedo interferir –Rodé los ojos, sarcástica -. Además, no es problema.
        Harry dejó escapar un leve suspiro cargado de remordimientos, y con un suave empujón, cerró la puerta de la cocina, la única que permitía la salida de aquella sala. Bajé de nuevo mi vaso, confusa y mirándolo con advertencia, pero parecía ignorar mis ojos. Se acercó varios pasos, pero justo cuando fui a preguntarle que hacía, se me adelantó:
        -Sigo sintiéndome horriblemente culpable por lo de Jessica… -Su voz sonó débil, sus muecas se aflojaron pero su lento paso no frenó -. Sé que lo entiendes y pareces asimilarlo con tanta libertad, pero no me quedo tranquilo.
        -Si ambas personas se aman, no se puede evitar. Es cosa del destino –Pronuncié con aspereza.
        -¿Crees en el destino? –Su voz sonó divertida, pero su cara no dijo lo mismo.
        -No, sinceramente no. Tu destino lo haces tu en el momento con sus decisiones. No existe la unión de caminos, o por lo menos, no para mí.
Sonrió, sin dar su opinión, y paró a escasos metros de mí. Su mirada parecía perdida, pensativa, y un silencio nos inundó.
        -Intento ignorar este tema, pero tengo demasiada curiosidad –Dijo de pronto, mirándome adusto. Le mantuve la mirada con firmeza, incitándolo a proseguir -. Te… te fuiste sin decir tu respuesta. Te fuiste sin que yo supiera que sentías por mí, y sé que es tarde, pero quiero saber cual hubiera sido tu respuesta, Evelyn.
        -Eve –Le corregí, mirando a la batidora que había cerca de él. Resoplé, reticente, pero con una sonrisa añorada, dije: -. El mismo día en que me fui ya sabía mi contestación. Días anteriores ya sabía lo que sentía por ti, Harry, sabía cual sería mi respuesta. Y no ha cambiado en todo este tiempo –Levanté mi mirada para verle. Sus ojos me miraban, suplicantes de respuesta -. Piensa. En aquella despedida, no te hubiera besado para hacerte daño si mi respuesta hubiera sido que no.
        -¿Entonces…? –Su voz se quebró. Tragó saliva mientras respiraba con falsa tranquilidad -. ¿Era… que sí?
        -Te quería, sí, y lo sabía.
        -¿Me querías? ¿Ya no?
Mantuve mi mirada feroz con él. Estaba haciéndole decir más de lo que quería, desvelar incluso sentimientos que quería negarle. Sí, podría decirle que no le amaba ya, que seguramente sería una mentirosa por venir con esa segura respuesta, ¿pero quién era yo para mentir de que no le amaba?
        No contesté.
        -Te.. ¡tenías que haberme dicho esto aquel día! Llevo seis largos meses esperando oír eso, y justamente ahora…
        -¿De que hubiera servido? ¿De qué estuviéramos ambos, medio año sin vernos, añorándonos y pasándolo mal? Quería que fueras libre de hacer lo que quisieras, sin tener que prometer nada, y lo has hecho. ¿De qué hubiera cambiado, además?
        -No sé Evelyn –Dijo con sarcasmo. Se acercó un poco más a mí, exasperado por la impotencia -. Tal vez tu y yo estaríamos juntos, tal vez por fin podríamos habernos librados de dudas. ¡Tal vez ahora estaría sacándote a bailar!
        -Pero tu me querías, o.. ¿Ya no? –Murmuré enfurecida, con voz impertinente e imitándolo.
En aquel momento, mi corazón volvió a removerse cuando comprobé, que, como si hubiera sido magia, estaba más cerca de lo que creía. No nos rozábamos, nuestros cuerpos estaban separados por aire, pero nuestras caras, incitantes, ardían de rabia.. ¿o impotencia?
        Negó con lentitud la cabeza, mientras se separaba de mi, avanzando de espaldas hacía la puerta. Sus ojos estaban furiosos, dolidos, y no respondió a mi pregunta, como hice yo. Con una última mirada penetrante, giró sobre sus talones y me dio la espalda. Pero antes de llegar a la puerta, antes de abrirla, resentido, exclamé:
        -¿A caso he sido yo la que ha roto su promesa de que siempre te esperaría?
Su figura esbelta se detuvo, rozando la manivela. Su respiración se detuvo, al igual que sus pies, impactados. Con un arrepentimiento, comprendí que me había largado de la lengua.

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